8/9/09

Sobre el eterno retorno




En la concepción mítica (también para los presocráticos esto es así) el tiempo tiene un carácter circular. Esto permite a los seres humanos arcaicos soportar el paso de la historia que de este modo “no deja nada atrás”. Es una concepción del tiempo accesible al regreso. Les da la capacidad, por vía de los actos rituales, de revivir acontecimientos significativos protagonizados por dioses y héroes que ocurrieron in illo tempore: “Un rito es la repetición de un fragmento del tiempo originario, nos dice Mircea Eliade en su Tratado de Historia de las religiones.
Según este autor (Nietzsche, cfr. “El mito del eterno retorno”) fue el cristianismo el que rompió definitivamente con una concepción cíclica del tiempo introduciendo una historia lineal, con un principio: la creación ex – nihilo, un acontecimiento irrepetible y esencial: la redención, y un acabamiento: la segunda parusía narrada en el Apocalipsis.

La historia así concebida tiene un finalidad, es una concepción teleológica del tiempo. Pero además, fíjate, la historia del mundo es una isla insignificante en el mar de la eternidad del que proceden y a el que van “las supuestas cosas eternas”. Este mundo queda así “desvalorizado”, puro tránsito sin peso.

Para Nietzsche está claro: concebir así el tiempo y la historia es una flagrante infidelidad a la tierra en favor de ese imaginado “mundo verdadero” de la filosofía y el cristianismo. Y ahí radica su reivindicación del “eterno retorno”.
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“El eterno retorno o la pasión por el ahora”
Desde Parménides, pasando por Platón y recorriendo a juicio de Nietzsche toda la historia de la filosofía occidental, se ha producida una desvalorización del mundo sensible. Lo que nace y muere, lo que es y no es: el devenir, no puede ser la verdadera realidad, nos dicen. Los sentidos (el cuerpo) que nos muestran el cambio mienten. Deben existir entes eternos e inmutables objetos del verdadero conocimiento, de la razón. Ahí tenemos la génesis del “mundo verdadero” de los filósofos en su histórica huida de una fugacidad insoportable para “los seres más infelices”, en su histórica huida de la “insoportable levedad del ser” (robo la expresión del título de la novela de Milan Kundera).

Pero para el que acepta la “muerte de Dios”, es decir para el que rechaza la existencia de una tal realidad transmundana, no queda más que devenir, fugacidad, instante... Para el superhombre sólo queda la vorágine dionisiaca, la voluntad de poder en su insaciable afán de crear nueva formas y destruir las antiguas: donde hay nacimiento tiene que haber muerte.

¿Cómo es posible dar valor a lo que sólo es fugaz? Se pregunta el superhombre… con la aceptación del “eterno retorno”.

El eterno retorno, es la consideración circular del tiempo. Todo lo que sucede volverá a suceder en un ciclo eterno. Supone transmutar la fugacidad del instante en eternidad, puesto que cada uno de los ahora de tu vida se repetirán eternamente. Significa, pues, una valorización de este mundo en continuo cambio sin recurrir a transmundos ideales (el propio Mircea Eliade dice que el eterno retorno de las culturas míticas supone una “valoración metafísica de la existencia humana”). Es un intento de negar la condición perecedera de lo real.
Lo que realmente es “el instante que se desvanece” y esto es lo que realmente hay que amar. Amarlo como si fuera a repetirse hasta el infinito.
Visto así, en el instante se anuda la eternidad.

Nietzsche dijo que la idea del “eterno retorno de lo mismo” era su pensamiento más profundo. Su intención no es hacer una teoría de la evolución del universo, la cosmología le da igual. Su intención es puramente axiológica, moral: enfatizar sobre la importancia del momento presente dándole un carácter de inmortalidad: vive cada instante como si fuera a repetirse eternamente. Piensa que cada cosa que hagas con tu vida va a repetirse por siempre, tu dolor o tu risa resonarán por toda la eternidad.
“Suponiendo que digamos sí a un solo instante, al hacerlo no es solamente a nosotros a lo que hemos dicho sí, sino a toda la existencia. Nada, en efecto, tiene consistencia por sí solo, ni en nosotros ni en las cosas; y si nuestra alma ha vibrado, como una cuerda, y resonado de felicidad una sola vez, entonces todas las eternidades eran necesarias para producir tal acontecimiento, y la eternidad toda entera queda, por ese instante único de nuestra aquiescencia, salvada, rescatada, justificada y aceptada.” (Fernando Savater: De la voluntad de poder.)

Lo que ya ha sido, lo que “pasa”, el pasado, frente al cual la voluntad de poder, el superhombre se encontraban impotentes se convierte por obra del eterno retorno en futuro. Lo que sucede pierde la vacía frivolidad de lo que “no volverá”, se libera de la “insoportable levedad del ser”, adquiere peso, el peso de la eternidad sin dejar de ser tránsito.

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